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Yo le quería más a mi mujer que ella a mí (1ra parte)

Hernán tenía 32 años cuando se casó con una argentina llamada Alejandra. La conoció en una recepción que se hizo en la Embajada Argentina y se quedó prendado de su elegancia. Hablaron, se pasaron teléfonos, se veían cuando ella venía a Asunción a visitar a su papá ya que estaba estudiando diseños de modas en su Buenos Aires (su papá es diplomático y estaba trabajando acá). Hernán se enamoró de Alejandra, tuvieron un noviazgo se dos años y se casaron porque él aceptó ir a vivir en Buenos Aires. Ocho meses después de la boda, a Alejandra le detectaron cáncer en el páncreas. Vivió seis meses después del tratamiento, y ahí empieza esta la historia de Hernán…
Hernán es el segundo de seis hermanos. El nació en el Chaco argentino, en una familia que se dedica a la peletería (trabajan con pieles vacunas, las secan, las curten y tienen un taller donde se confeccionan camperas, y otra donde se hacen zapatos, bolsos y carteras).
El estudió allá, se recibió de contador pero no estaba contento con su carrera, así que comenzó a trabajar con los animales y decidió empezar otra carrera: veterinaria. En su familia le hacían bromas ya que el negocio para ellos era trabajar el cuero del ganado, pero él quería sanarlos. Esos estudios los terminó a los 30 años, y en una feria de ganado conoció a un ganadero paraguayo que le ofreció un empleo con buena paga: así fue que vino.
Hernán dice que le encantó Paraguay, y aquí se quedó a vivir pese a que su familia le rogaba que vuelva con ellos.
ALEJANDRA
Hernán cuenta que si fue a aquel brindis por el día de la independencia de Argentina, fue solo porque su papá vino a visitarlo y lo llevó casi arrastrado: “siempre dicen que uno en la pareja quiere más que el otro, y creo que yo me enamoré al verle a Alejandra, pero ella siempre mantuvo cierta distancia de mí. Le agradé, pero yo sabía que ella era una princesa y yo un tipo que todo el día estaba metido en el barro curando animales”, dice.
Alejandra tenía más edad que él: “pero la argentina sabe ocultar su edad, nunca se le nota, y bueno, yo no creí que tenga 34. Yo me cuidé mucho de relaciones pasajeras porque no me gusta embromarle la vida a nadie, así que cuando me decían que me iban a presentar a alguien yo directamente ya no me iba, porque no quería meterme en ese jueguito. Siempre fui reservado, y bueno, es mi carácter, pero con Alejandra me animé a todo y de ella lo único que no entendí es por qué aceptó a un tipo como yo”.
Durante el noviazgo Hernán se pasaba extrañándola, ya que Alejandra venía una vez al mes a Asunción, pero nada más: “venía a verle al papá y yo era feliz cuando ella estaba. Al final, cuando le hablé de casamiento, ella me dijo que la condición era que yo me mude a Buenos Aires y no dudé en decirle que sí, ya que si ese era el precio para que estemos juntos, yo iba a pagarlo con gusto. Menos mal, el dueño del establecimiento para quien yo trabajaba tiene socios comerciales en Argentina, y me puso en contacto con ellos para que trabaje allá. Tenía que viajar mucho pero por mí estaba bien”, explica.
El dice que en Buenos Aires, su matrimonio con Alejandra fue “extraño”: “yo adoraba a mi mujer, pero como dije éramos muy distintos, ella trabajaba en la moda, un ambiente que no tiene nada que ver conmigo. Yo sabía que a ella le daba un poco de vergüenza tener un marido veterinario y que encima tenía tono paraguayo, ya que yo hablo guaraní y se me pegó la tonadita de acá. A sus amistades les decía que yo era ganadero, no veterinario, y en un almuerzo quiso que me ponga sombrero para impresionar a sus amigos y yo me negué”.
Por encima de eso, Hernán le daba todos los gustos: “yo quería un bebé y ella no, entonces no le insistí. Cuando se sintió mal creímos que se embarazó, y le hicieron estudios. Le mandaron hacer más análisis y entonces nos comunicaron que había un cáncer, no se sabía bien qué tan avanzado estaba, y los primeros medicamentos creo que aceleraron el proceso. El golpe fue muy duro para ella; no soportó la noticia y no ayudó al tratamiento. Decayó enseguida y a los ochos meses del diagnóstico yo estaba enterrando a mi mujer”, dice.
En el entierro, los cinco hermanos de Hernán estuvieron presentes, sus abuelos, sus padres, y después que sepultaron a Alejandra, lo llevaron a una cafetería: “me entregaron un pasaje de avión a una región de España donde se trabaja en peletería. Me dijeron que vaya a trabajar allá y cuando cure mis heridas, vuelva, y yo acepté”, dice.
EN ESPAÑA
Hernán entró a trabajar allá en un establecimiento increíble: “la herida que yo sentía y que era tan grande, de a poco dejó de sangrar. Yo digo así, porque tampoco puedo decir que me curé. Pasaron rápido los años, empecé un curso de especialización y en lo que era estudio y trabajo me fue bien porque dediqué mi vida a eso, pero yo perdí la capacidad de socializar, de poder tener un grupo de amigos y salir a divertirme. No podía hacer eso, así que viví una vida solitaria con mi dolor”, explica.
En una charla a la que asistió en Madrid, uno de sus compañeros resultó ser un paraguayo que lo invitó a una cena que realizaba la comunidad paraguaya en Madrid: “fui solo porque era la gente a la que yo tanto quería, gente sencilla que yo sabía que no me iban a hacer demasiadas preguntas. Me recibieron tan bien que me emocionó, sin conocerme me abrazaron, me ofrecieron sopa paraguaya, y hacía tanto que nadie me daba ese cariño que creo que en ese momento decidí volver”, explica.
En Paraguay lo espera de nuevo el amor, pero Hernán, en ese momento, no podía imaginarlo.
“Fui demasiado egoísta”
Hernán cuenta que cuando le avisó a su familia que volvía, pero no a su casa paterna sino a Paraguay, ellos se desilusionaron un poco, pero enseguida se animaron: “entre preparar mis cosas, dejar todo y tomar el vuelo rumbo a Paraguay, pasó casi un año de nuevo: “podía elegir la ruta Buenos Aires-Asunción, o Río de Janeiro-Asunción, y preferí venir por Brasil porque bajar a Argentina hubiese sido muy fuerte para mí. Mi papá entendió eso; que yo no podía volver a pisar la tierra donde enterré a mi esposa”, explica.
Acá, en el aeropuerto internacional, lo esperaba toda su familia: “estaban mis padres, mi abuelo, mis hermanos, mis sobrinos, una multitud solo para darle la bienvenida, para hacerme sentir bien, y ahí yo me di cuenta de que fui egoísta porque me alejé de tanta gente que me quería. Yo no pensé en nadie; solo pensé en lo que yo sentía”, dice.
SORPRESA
La familia le dijo a Hernán que le prepararon una fiesta y que además tenían una sorpresa para él. “Me alzaron en una camioneta y me llevaron por la ruta de Caacupé, aunque tomamos un desvío y entramos en un lugar maravilloso, con mucha vegetación. Después me hicieron cruzar un portón que tenía escrito el apellido de mi familia, y ahí me di cuenta: ellos compraron esa propiedad para que todos puedan venir a quedarse y para que podamos reunirnos de nuevo”.
Hubo asado, música y emoción: “mi familia abrió acá dos tiendas de ropas de cuero que actuaba como distribuidora, pero yo no quise sumarme a eso enseguida. Necesitaba tiempo, así que me quedé en la granja a pasar mis primeros días. A la segunda madrugada de mi llegada, me despertó un peón de la granja para decirme que su señora estaba dando a luz y si no le podía atender. Le dije que soy veterinario, no médico, pero él estaba desesperado, entonces le dije que voy a ver a su señora pero que él tome la camioneta y vaya al hospital a traer un doctor”.

Continuara….

Fuente: PopularPY

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