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“Creí que mi vida como hombre quedó enterrada” (3ra parte)

La historia de Hernán empezó en el Chaco argentino, en donde nació hace 40 años, en el seno de una familia que por tradición se dedica a la peletería (trabajan el cuero, confeccionan camperas, calzados y carteras). El terminó la carrera de contabilidad, estudió veterinaria y cuando se recibió, vino a trabajar en un establecimiento ganadero en Paraguay. Aquí conoció a una argentina llamada Alejandra, con quien se casó dos años después, en Buenos Aires. Vivieron un matrimonio con algunas diferencias (ella era diseñadora de modas y le avergonzaba un poco tener un marido que odiaba vestirse bien), y ocho meses después de la boda a ella le detectaron un cáncer galopante…
Después que enterraron a su esposa en Buenos Aires, Hernán tomó un pasaje de avión que le compró su familia y se fue a España, a trabajar en un establecimiento ganadero. Allá ahogó sus penas trabajando y siguiendo una maestría en veterinaria, y dejó que pasen los años.
Una casualidad hizo que conozca a un paraguayo que lo convenció para asistir a una cena organizada por la comunidad paraguaya en Madrid. Ahí fue que decidió volver y lo hizo, pero no a Buenos Aires sino a Asunción. Acá lo esperaban sus cinco hermanos, sus sobrinos, sus padres, su abuelo, que le dieron una sorpresa: compraron una granja en Cordillera para que toda la familia pudiese reunirse de nuevo.
El se quedó a pasar sus primeros días ahí, encerrado, pero una noche un peón tocó a su puerta pidiéndose auxilio: su esposa estaba por dar a luz. Hernán le dio las llaves de la camioneta para que vaya a traer a un médico y mientras tanto, él fue a revisar a la enferma. Había sido, su dolor se debía a gases y no al trabajo de parto que aún no había empezado.
EL AMOR
Cuando el peón volvió, lo acompañaba una doctora llamada Emilia que amenazó con denunciar a Hernán porque siendo veterinario, estaba atendiendo a una parturienta. Al final, cuando ella supo aquello de los gases, dejó su cara de enojo y no pudo resistir reírse de lo que pasó.
En eso llegó una ambulancia que llevó a la parturienta con su marido y la doctora que antes de irse, se disculpó con Hernán por haberlo tratado con tanta descortesía. A la mañana, el veterinario se enteró de que la esposa de su peón tuvo mellicitos, nena y nene, y que su papá les llamó “Hernán” y “Emilia” en honor a él y a la doctora que los ayudaron.
Esos días fueron importantes para Hernán porque se dio cuenta de que debía guardar el recuerdo de su esposa, pero ya que estaba vivo, podía ayudar a la gente que le rodeaba. El abrió su veterinaria en la ciudad y también aceptó trabajar para las granjas de los alrededores, y fue entonces que su peón le pidió que sea el padrino de sus hijos: “la doctora Emilia va a ser la madrina”, le dijeron.
“Al siguiente domingo, a las ocho de la mañana, me presenté trajeado, yo le llevé a los ahijados en la camioneta, y cuando estacionamos le vemos a la doctora bajando de su auto. Estaba tan linda que se me hizo un nudo en la garganta, y la verdad es que no me gustó sentir eso porque yo me sentía comprometido con la muerte de mi señora; me parecía muy mal que me emocione ver a esta mujer porque para mí, mi vida como hombre quedó enterrada en la tumba de mi mujer”, confiesa Hernán.
La doctora, vestida con una solera rosadita y con una campera de cuero encima, saludó con mucha seriedad a Hernán: “hasta pensé que no me reconoció, porque apenas me dijo ‘hola’. Como nosotros no fuimos al cursillo sino que se nos habilitó derechito nomás, yo tuve miedo que los demás padrinos nos acusen de piratas más o menos, y le dije eso a ella pero no me respondió, entonces ya no le hablé más, ya que se notaba que no quería conversar. Cuando nos hicieron agarrar una vela juntos, vi las lágrimas en su rostro y me di cuenta que así como yo guardaba un dolor, ella también tenía su dolor”, dice.
Después de la ceremonia, Hernán le preguntó a la doctora Emilia si iría al almuerzo que estaban preparando en su granja: “me dijo que no se sentía bien, que estaba un poco mareada, y yo me ofrecí a manejar su auto porque si eso era cierto no podía conducir ella. Se negó, me dijo que me agradecía pero que ella sabía cuidarse, y se fue. Y bueno, paciencia dije yo, y fuimos al almuerzo porque mi familia estaba llegando para ese acontecimiento”.
SUSTO
Hernán estaba feliz, sacándote fotos con sus ahijaditos cuando su peón vino junto a él y lo llevó a la casa: “me dijo que una amiga que tiene en el hospital y que es enfermera, le llamó a contar que la doctora Emilia estaba internada. No le dije qué le pasaba, pero sí que no estaba bien y si él no tenía el número de los familiares de la doctora para avisarles. Ahí mismo le avisé a mi hermano que tenía que ausentarme y fui al hospital”, recuerda.
La enfermera de guardia le explicó que la doctora Emilia jamás les dio referencias de algún pariente, y lo que sabían es que no tenía hijos y que era viuda: “le pedí a esta enfermera que me traiga el celular de ella, y me trajo y revisé a las personas que tenía registradas. Llamé varios números que me daban apagado hasta que una mujer respondió y le dije que era un amigo de la doctora, y que si no sabía el número de algún familiar de ella porque se le internó y en el hospital no sabían a quien avisar”.
La persona a quien Hernán llamó era Nita, la hermana de Emilia: “quería saber qué le pasó y yo no le quise decir, porque la verdad es que al parecer, Emilia trató de suicidarse tomando pastillas muy peligrosas”, cuenta Hernán. En ese momento, sin que nadie se lo pida, él se hizo cargo de Emilia: “me identifiqué con su dolor”, asegura.
“Le sequé las lágrimas”
Hernán avisó en la granja que volvería tarde porque “una amiga” lo necesitaba: “era simpático, porque yo apenas hablé con Emilia, pero por nada del mundo me iba a separar de ella. Después de llamarle a la hermana calculé que iba a llegar en una hora y media más o menos, así que pedí la llave de la casa que Emilia estaba alquilando y fui al supermercado a comprar leche, queso, jugo, lo indispensable, y fui a surtir su heladera porque seguro su hermana se iba a quedar ahí”.
El dice que sintió algo extraño al entrar en el chalecito que estaba bien arreglado y tenía muebles hermosos: “me di cuenta de que ella era una mujer especial, romántica, y me di cuenta también que seguro amó mucho a su esposo. No soy atrevido, así que solo crucé la sala, metí las provistas en la heladera y salí. Cuando llegué al hospital ella estaba volviendo en sí, así que me dejaron entrar a verle”.
EL “MOTIVO”
Cuando la doctora Emilia abrió los ojos, vio a Hernán a su lado: “comenzó a llorar y le agarré la mano. Le dije que no se preocupe por contarme nada, que nadie más que yo le entiendo porque perdí a mi mujer a los 1 año y dos meses de casados, que le vi sufrir, que le enterré, así que sé por lo que ella pasa. Me apretó fuerte la mano y yo le abracé, y sin que le pregunté por qué tomó la decisión de acabar con su vida ella me dijo que su marido falleció en un accidente de tránsito hacía dos años, y que ese domingo era el aniversario de su muerte”.
Hernán le abrazó con más fuerza: “en eso se abre la puerta y entra Nita, que la verdad es que es una persona divina pero muy emotiva, ya que ella entró llorando y se abrazó a su hermana. Yo les dejé solas y fui a hablar con el médico que me dijo que se le lavó el estómago pero como ella era doctora y tenía acceso a todo tipo de medicamentos, tomó cosas muy dañinas y que ojalá no le afecten. Como ya atardecía fui a buscar merienda para Nita y cuando entré en la salita, ella me pregunta: ¿y vos quién sos?”.
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LEE MAÑANA: El romántico final de esta historia.

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