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“La doctora me miró y nos comenzamos a reír” (2da parte)

RESUMEN DE AYER. Hernán (40) nació en el Chaco argentino, en el seno de una familia numerosa (son seis hermanos) dedicada por tradición a la peletería (trabajan el cuero vacuno para hacer ropas, zapatos, carteras). El abuelo de Hernán es dueño de una fábrica de calzados, camperas y carteras, y él, para darle el gusto a su papá, estudió contabilidad pero cuando terminó la carrera, no se sintió a gusto con su profesión. Entonces estudió veterinaria, se recibió cuando tenía 30 años y aceptó la oferta de trabajo de un ganadero paraguayo. Así fue que vino a estas tierras. Acá conoció, en una celebración en la embajada argentina, a la hija de un diplomático de su país (Alejandra), y dos años después estaba casado con ella…
Hernán confiesa que se enamoró de Alejandra apenas la vio. Ella era argentina como él, y estaba de visita en Asunción ya que estudiaba diseño de modas en Buenos Aires y vivía allá.
Se pusieron de novios y cuando Hernán le habló de matrimonio, ella le puso una condición: él debía mudarse a Buenos Aires porque ella no quería vivir en Paraguay. El aceptó porque la amaba, y dada su buena relación con el ganadero para quien trabajaba, consiguió trabajo en un establecimiento de un ganadero curepa.
Ocho meses después de un matrimonio que tuvo algunos problemas ya que Alejandra estaba metida en el mundo de la moda y le molestaba que su marido siempre ande por el campo y se vista mal, ella enfermó. Después de unos análisis seguidos de otros, se le detectó cáncer en el páncreas, y seis meses más tarde, Alejandra falleció dejando a su marido desesperado y sin saber cómo seguir su vida.
EN PARAGUAY
La familia de Hernán le consiguió un empleo en España, en una peletería, le entregaron el pasaje en avión después del entierro y le pidieron que vuelva “cuando cure sus heridas”.
El hizo ese viaje, trabajó en un establecimiento ganadero de sol a sol y también hizo un curso de especialización, pero se apartó de la diversión, de salidas en grupo, incluso le costaba hacer amigos, ya que prefería estar solo con su dolor.
Así y todo, aceptó ir a una reunión a la que lo invitó la comunidad paraguaya en Madrid, y fue ahí que decidió volver, no a Argentina, sino a Paraguay. Acá lo esperaban sus padres, su abuelo, sus hermanos, sus sobrinos, y le dieron la sorpresa: del aeropuerto lo llevaron a una granja en la Cordillera que la familia compró para que él tenga dónde vivir y ellos, donde encontrarlo. Además, la familia abrió dos tiendas en Paraguay, donde vendías artículos de cuero, así que si él quería, ya tenía empleo.
“Yo necesitaba tiempo, así que me quedé en la granja a pasar mis primeros días. A la segunda madrugada de mi llegada, me despertó un peón de la granja para decirme que su señora estaba dando a luz y si no le podía atender. Le dije que soy veterinario, no médico, pero él estaba desesperado, entonces le dije que voy a ver a su señora pero que él tome la camioneta y vaya al hospital a traer un doctor. Su hijo mayor se quedó conmigo y me llevó donde estaba su mamá”, explica Hernán.
El vio que la señora tenía fiebre y mucho dolor, y también, que el parto no estaba saliendo bien: “con ella estaba la machú de la casa, así que ella me iba contando los síntomas de la señora y lo que me di cuenta es que yo no podía ayudar demasiado porque una cosa es aprender sobre partos de animales, y otra de personas. Le llamé por teléfono al peón, pero él ni había llegado al pueblo todavía, así que me di cuenta de que sea lo que sea, algo tenía que intentar para que esa señora no se muera ahí”.
Hernán tocó la panza de la doñita y sintió “algo”: “le suele pasar a los animales que dan a luz que de repente tienen más dolor de lo que es normal, y suele ser porque tienen retenido gases, así que le di de tomar algo que llevé en mi maletín y le hice masajes. De repente salieron los gases de una manera que la verdad que me sorprendió, y la machú comenzó a reírse y yo le dije que por favor sea educada, porque estábamos en una situación muy delicada, y entonces la enferma comienza a llorar y yo le pregunto qué le duele, y me dice que la vergüenza lo que le duele. Ahí yo también me comencé a reír”, cuenta Hernán.
Después que pasaron los gases, la parturienta descansó: “en realidad ella no estaba todavía en trabajo de parto, estaba por entrar en eso, pero fueron los gases lo que la apuraron. Cuando llegó el peón con la doctora mi enferme estaba tomando jugo de durazno y yo y la machú estábamos mateando”, recuerda.
LA DOCTORA
Hernán dice que fue muy simpático, porque no sabía cómo explicarle al peón lo que había pasado con su señora: “yo no le veía a la doctora, porque estaba al costado del jardín, en la oscuridad, y yo le dije que en realidad todavía no había trabajo de parto, pero por lo que vi eso podía empezar en cualquier momento. ¿Usted es médico?, me pregunta, y mi peón le dice que no, que soy veterinario, y ahí la otra me dice si qué me creo para tratarle a una señora siendo que soy médico de animales”.
A Hernán le sorprendió la furia de la doctora Emilia (así se llama): “mi peón le aclaró que no es mi culpa, que él me pidió auxilio, y ella dijo que va a revisar a la enferma, y si por mi culpa algo le pasa, que me va a acusar a la justicia. Ella entró y cerró la puerta, y adentro estaba la machú y escuché que le contó en guaraní lo que pasó, y después de un rato sale la doctora y me pide disculpas. El peón no entendía nada, y entonces la doctora me mira y los dos nos comenzamos a reír. Ella tenía una dulce sonrisa”, asegura Hernán.
“Se me hizo un nudo…!
Hernán cuenta que después de los primeros momentos tensos, el peón de su granja le presentó a la doctora Emilia: “me dijo que ella estaba haciendo su residencia en el hospital, y mucho gusto, le dije, y ella otra vez me pidió disculpas por haberme tratado mal. Ahí escuchamos que la parturienta comenzaba de nuevo a gemir pero ya llegaba la ambulancia y se le trasladó de manera urgente. Mi peón se fue en la ambulancia con su señora y con la doctora”.
Al día siguiente, cuando Hernán despertó, le contaron que la esposa del peón había dado a luz a mellicitos, una nena y un nene, y que les pusieron de nombre Emilia y Hernán, en agradecimiento a él y a la doctora que los asistió: “todo eso que pasó me despertó de la tristeza que yo estaba arrastrando ya por tantos años, me hizo ver que yo estaba vivo y que podía dedicarle esa vida a personas que necesitan en lugar de seguir llorando por mi esposa a quien ya no podía recuperar haga lo que haga”.
EMILIA…
Hernán, una vez más, rechazó trabajar en la tienda de su familia y abrió su consultorio de veterinario en la ciudad: “pasó seis meses de lo del parto, yo no volví a ver a la doctora Emilia aunque me contaron que ella tenía una historia parecida a la mía. O sea, quedó viuda y aceptó al parecer esa residencia, para estar lejos del hogar que tuvo con su marido. Me identifiqué mucho con ella pero no intenté buscarla porque yo respeto que uno quiera estar solo, sin que nadie le moleste”, explica.
Y entonces, su peón le dijo que querían bautizar a los mellicitos y que quería que él y la doctora sean sus padrinos: “le dije que por mi parte no hay problema, pero que no sé si ella ha de aceptar. El peón me dijo que primero le habló a ella y que le aceptó, y le dije entonces no hay más que decir. Al siguiente domingo, a las ocho de la mañana, me presenté trajeado, yo le llevé a los ahijados en la camioneta, y cuando estacionamos le vemos a la doctora bajando de su auto. Estaba tan linda que se me hizo un nudo en la garganta”, confiesa el veterinario.
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LEE MAÑANA: SEGUNDO AMOR.

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